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FESTIVAL DE VIÑA DEL MAR

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CHILE

sábado, 12 de julio de 2014

One Direction, el rito de iniciación... en la economía de mercado

Dos meses. Ocho semanas haciendo cola a las puertas del Vicente Calderón para una hora y 42 minutos de concierto. Podrán venir los Rolling Stones a acumular portadas de periódicos, podrán llenarse los recintos de festivales como el BBK Live o el Primavera Sound, y hasta podrá seguir escandalizando Miley Cyrus frotándose la entrepierna. Pero la verdadera demostración de fuerza en la actualidad, en lo que a conciertos se refiere, es la de One Direction. Más de 80.000 personas, entre la actuación de este jueves (45.000) y la que tendrá lugar el viernes en el Estadio Vicente Calderón de Madrid, conseguirán reunir el grupo británico formado por Harry Styles, Niall Horan, Zayn Malik, Liam Payne y Louis Tomilson, a lo que hay que sumar otras 50.000 del martes en el Estadio Olímpico de Barcelona.
Y eso que un concierto de One Direction es muchas cosas, pero no música. Hay gente tocando instrumentos, notas que suenan formando melodías y los cinco componentes del grupo cantando. Pero la experiencia no es exactamente artística. Es una celebración del capitalismo y de la maquinaria de consumo, un gran encuentro de niñas, adolescentes y algunos progenitores (a modo de carabina) que tiene la misma belleza que una operación de 'stock options' en una junta directiva o la adquisición de una compañía por su competencia. Un rito de iniciación en el capitalismo que dice a los más jóvenes que pueden conseguir todo lo que quieran... si pagan por ello. En este caso, una entrada de entre 55 y 195 euros.
Prefabricados en televisión, empaquetados por una industria musical desesperada y publicitados con las herramientas del marketing, One Direction se han convertido en el grupo más valioso, si hablamos en términos monetarios, gracias a la falta de escrúpulos de quienes están detrás de ellos, que no dudan en aprovecharse las vulnerabilidades y pasiones de las niñas y adolescentes que forman el grueso de su público. Niñas con mucha prisa por crecer, como se ha podido ver este jueves, incluso vestidas de novia algunas de ellas ante sus ídolos.
Dicho esto, hay que alabar que esta pasión por el quinteto haya provocado un sistema tan sofisticado como el que se ha montado en la cola durante estos dos meses, con turnos estructurados, representatividad (una plaza para 50 personas) y sanciones para quienes no mostrasen el suficiente esfuerzo para ver de cerca al grupo. Una demostración de que las 'directioners' no tienen que ser necesariamente unas descerebradas que mejor estarían estudiando o vigiladas por unos padres que a saber qué opinan de todo esto.
En cuanto a la hora y 42 propiamente dicha, tampoco hay mucho que rascar. Los cinco componentes de One Direction son probablemente las personas con menos gracia que se han movido jamás sobre un escenario del de las proporciones del instalado en el Calderón. Salvo Niall, el favorito por las 'fans' españolas, que de vez en cuando cogía una guitarra eléctrica o acústica para tocarse unos acordes, el quinteto se desenvuelve torpemente sobre el escenario, sin saber dónde ponerse o qué hacer con el cuerpo (la postura de la mano en el pecho ha sido la más habitual, acaso un homenaje al cuadro de El Greco en este año de conmemoraciones del pintor cretense) ni, mucho menos, con los bailes.
En cierta forma, por momentos ha sido como ver la gira de reunión de una vieja 'boy band', con recurrentes discursos y piropos a un público siempre maravilloso, excelentemente ruidoso (esto lo ha dicho Liam) e, incluso, capaz de hacer posible el mejor concierto de toda su carrera (también por boca de Liam). Harry, el más deseado de los cinco One Direction, se ha presentado con un pañuelo en el pelo a modo de Keith Richards pero que terminaba de darle un aire como de señora mayor. Si a eso se le suman las bromas inconexas y alargadas en exceso o los momentos de karaoke porque sí (el 'I gotta feeling' de Black Eyed Peas, el 'Viva la vida' de Coldplay), el concierto de este jueves adquiere como único valor la experiencia presencial, el "yo estuve allí" que comentar posteriormente mientras se comparte por las redes sociales una foto o un vídeo hecho con el móvil.
Liam ha recordado que hace un año el grupo tocó en el Palacio de Vistalegre ante la quinta parte del público del jueves y Niall, definitivamente el que mejor ha conectado con el público, ha evocado cómo seis semanas atrás estuvo en una de las gradas viendo al Chelsea jugar contra el Atlético de Madrid. Futbolero, el joven irlandés se ha arrancado con un "yo soy español, español, español", mucho más triste ahora que la Roja vuelve a dar pena.
Aparte, en el recorrido que ha empezado con 'Midnight memories' y ha terminado con 'Best song ever' ha habido momentos subrayados, como el lucimiento de banderas en 'Don't forget where you belong' (con la lógica presencia de rojigualdas, pero también con numerosas enseñas irlandesas en la grada, quizá una declaración de amor a Niall), el baile de 'Live while you're young', la pasarela elevada en 'One thing' o los cartelitos de "Till the end" ("Hasta el final") en 'You and I'. El tufillo Mumford & Sons de 'Story of my life' ha protagonizado los bises antes de la penúltima 'Little white lies'.
Antes, el grupo ha estado 'teloneado' primero por Abraham Mateo y luego por 5 Seconds od Summer (5SOS). Estos últimos, nuevos números uno en las listas españolas, son una mezcla de Green Day, Blink 182 y McFly, unos punkarrillas 'emo' todavía con acné cuyos ojos huelen a droga desde un kilómetro de distancia. Apelando a los padres y abuelos del público, con sus camisetas de Offspring y Bad Brains, tienen su gracia australiana y se han marcado una simpática versión del 'What I like about you' de The Romaantics.