
Hoy es el día de los Oscar, y para los argentinos la incógnita es si El secreto de sus ojos será –o no– el segundo film nacional en quedarse con la estatuilla, aunque los pronósticos indican que el triunfo es más bien difícil.
Para el resto de la industria cinematográfica, la mayor duda pasa por otro lado y tiene mucho que ver con el futuro del cine o, por lo menos, por su futuro como negocio.
El Oscar principal está disputado entre Avatar y Vivir al límite, una película que costó 500 millones de dólares y otra que costó apenas 13. Una que vio –y sigue viendo– casi todo el mundo y otra que muy pocos pudieron ver, dado que en muchos países apenas si se editó en DVD.
Uno es el film de un director consagradísimo y el otro es de una directora que, con dificultades y coraje, viene peleando un lugar en Hollywood (¡y encima es la ex esposa del otro!).
El triunfo de una película u otra implicará mensajes diferentes: ninguno de ellos tendrá que ver, directamente, con el cine como arte.
Avatar es una gran película, un cuento universal y –en menor medida– una crítica al intervencionismo estadounidense. Ahora bien, eso no es lo que la Academia ve: lo que ve es que el despliegue gigante de James Cameron afianza la nueva arma de los grandes estudios contra la piratería: el 3D. Avatar representa, en 2010, lo que Blancanieves y los siete enanos representó en 1937.
Entonces, el color en el cine no era necesariamente un imán para el público; era necesaria una película que no sólo utilizara extensivamente el recurso sino, también, que fuera un éxito global.
Y con el 3D, hasta Avatar, pasaba lo mismo: no pasaba de ser una atracción de feria hasta que esta película capturó la imaginación de miles de personas y recaudó –hasta ahora– más de 2.400 millones de dólares (un tercio más que Titanic).
Premiar el film –no necesariamente a Cameron como director– sería una declaración muy fuerte respecto de cuáles son los caminos para combatir el hecho de que la gente prefiera quedarse en casa a ver una película.
A Hollywood lo tienta el gran espectáculo pero sólo ve, en el caso de Cameron, lo visual: por algo ni este film ni el hiperpremiado Titanic fueron nominados por su guión, prueba más que clara.
Vivir al límite, en cambio, es todo lo contrario... al menos en parte. Un film (financieramente) independiente, que no habla de manera convencional –la historia se desarrolla de modo episódico– sobre el tema menos popular en los Estados Unidos de hoy: Irak.
Por supuesto, es técnicamente impecable y se trata de una gran película más allá de todo, pero las nominaciones fuertes (mejor película, mejor director y mejor actor) tienen un motivo más bien político: desde principios de los años 70, Hollywood tiende a la corrección política en casi todo sentido, y Vivir... es la mejor película posible para la –en rigor– primera entrega del Oscar de la administración Obama, ya que la anterior, en 2009, estaba prácticamente “resuelta” al final de la era Bush. Vivir al límite es un film de entorno bélico pero antibélico, una crítica profunda al sentido de la guerra y al modo de vida americano (que estalla, juego de palabras aparte, en las últimas secuencias de la película). Su probable triunfo tiene más que ver con eso que con la calidad del film. Y que el periodista Mark Boal esté nominado por su guión para esta película es otra prueba de por qué puede ganar.